martes, 30 de julio de 2013

REYNALDO JIMÉNEZ I

¿Cómo llamar a un tigre?


                                                      Tigre, tigre que relumbras
                                                                                 en lo oscuro de la noche
                                                                                 ¿qué mano inmortal qué ojo
                                                                                  forjó tu aterradora simetría?

                                                                          William Blake, trad. por Salvador Elizondo


El Tigre atrae la suerte de mi ensueño. Fuente la más última, surte un efecto de quimera infantil por su quemante desmemoria. Pero nítidamente lo recuerdo, o tal vez todavía lo presencio: sus ocelos son islas de infinito lodo que se deshace ante el propio perplejo al tiempo que oscila, lleno de árboles.


Es femenino pero no es ella, es masculino pero no es él. Nada de esfinge. Es una gota por la que cruza el arcoiris, el Tigre. ¿Hasta cuándo no sucumbir de una vez y para siempre ante el destello sin porvenir de su zarpazo? Entraña el fuego, pero al correr tras su presa levita sobre las aguas, disuelve la gravedad, come también de su movimiento.




Tiene riberas en las que se acuestan raíces de grey inestable, cadenciosos enlaces y desenlaces estelares.


En la piel del Tigre acontece lo mismo que en su entraña.


Uno será pulga eterna para su lomo de luz de Bengala. Absoluta benevolencia la del ecuánime: agudo y grave, podría arrancarme de un soplo sin chistar siquiera de mí mismo. Tanto como del charco irisado un zancudo hembra despega su desliz.




En las tripas del Tigre mora mi tribu.


El hálito del Tigre abarca muchas aldeas, a veces caseríos, maquetas fantasmas, letreros que portan ideogramas de corrientes de aire, casas flotantes, buques areneros que se detienen en la noche cultivando una pequeña huerta de luces. Pero en las flechas de agua pasa ardiendo la calma del Tigre.




No se cuenta entre los números ni se discierne al contrastarse las letras. No conoce la risa ni frecuenta forma alguna de cansancio. Detrás de la máscara hiriente, la máscara de fuerza, el Tigre sabe bien que no ha nacido.


Su aura dispersa esquirlas de lo inmóvil.

¿Nacerá alguna vez el Tigre?
Remolinos del Ocelado
muerden como ojos.


Si se sacude, puede sentírselo recorrido por súbitos estreme-cimientos venados.


Encendido como un radar de ameba enmascara al dios en sus párpados múltiples.



Nunca coincide con su jaula.


No lo conozco despierto o dormido, vigilante y de pie o entregado a esa laguna en la que sueña conmigo.


Nadie me conoce y yo no conozco a nadie. Trepo por el lomo del Tigre, aunque nunca sé cuándo. No sé por qué, pero cada vez que lo miro ya me he vuelto implicíto suyo.




El Tigre me ha devorado —no una: mil veces. Ondula pero no cuando el ojo se lo exige; jamás satisface una curiosidad. Jamás espejea y sin embargo me ha cautivado desde que, al darme la noticia de mi muerte, me eligió como su excéntrica mascota.


A veces me saca a pasear por las avenidas de agua, o me vende al mejor postor de entre todas las apuestas del hervidero. Me sumerge en el barro y me empapa de polen, me incuba y me desteta a la vez; yo soy su recién nacido.



¿Adónde estará ahora la muerte —ahora que la muerte ha sabido del Tigre? Quisiera, como el Tigre, aprender a flotar en la revuelta sin rostro de su ceguera piadosa.


Al quedarse sin sombra, el Tigre se parió a sí mismo. De su hálito manaron las cacerías o la búsqueda de la perpetuidad en la saciedad— y las pinturas —o la práctica del hambre de la mano.


Al desmoronar toda sombra, toqué la soledad incólume del Tigre.


Es tan claro el Tigre que su seno alberga al noctívago destino. Sus largos filamentos alumbran la presencia consumada en recorrerlos, como a pasadizos finísimos hacia el fermento que renace. Y tan oscuro, sin embargo.


Al interior del Tigre, afloran con docilidad tanto la gran laguna que precede al nacimiento cuanto la transmáscara, reflejojaguar de lo intacto que ahora viene.


Le doy la forma pero no la pierdo. Sólo el Tigre brilla de verdad; sólo él disipa el sobresalto de la felicidad o el candado de la pena.




Se hace intratable al retratarlo. Me lo advierte, y suelto la esfera de cristal que cae hacia arriba. Esto lo sé porque al mostrarme el filo directo de su fuerza, también ha suspirado.


Caigo todavía en el esófago del Tigre. Hablo todavía desde la cámara oculta de su corazón. Sueño que me envuelve con sus cambiantes brazos, brazos de un Shiva pulpo multiplicador.




Cuando dejo de hablar en sueños, estoy en el Tigre.

Cuando dejo de soñar, estoy en el Tigre.

Cuando hablo con los muertos estoy en el Tigre.

Cuando tengo que correr (y en mi mayor velocidad se explicita mi exacta pesantez) para no quedar capturado.
Cuando los árboles de la luna navegan mi pecho.
Cuando me olvido, cuando me he sentado a masticar un icono.
Cuando, rendido, no me disuelvo, soy el Tigre.

Cuando mascullo y agito la bruma, soy el Tigre.

Pero no es verdad: nunca estoy en el Tigre ni puedo ser el Tigre.

No tengo manera de estar en el Tigre que soy.

No tengo Tigre en la mano.

No cuajo Tigre en la pregunta.

No cuento Tigres para dormir o para despertar.





Si construyo un ornamento, se descascara con una sola de sus voces.


Me ato al mástil pero el Tigre no aparece.


El Tigre no tiene aspecto de Tigre, ni un aspecto en absoluto. El Tigre se parece a lo que no encuentra adónde reflejarse.




Si me dibujo en el ensueño es porque el Tigre se tiende orilla sobre mí.


Soy su colmillo y su presagio, me digo, de pronto a medias en la cama revuelta como un estanque que en su no estar alterado se presiente: soy su invitado y su festín.


El Tigre no se apiada, en fin, porque posea alguna clase de piedad, ni porque consienta al capricho de inmortalidad momentánea que nos asiste. No sabe de intenciones y por eso te vomita desde el nombre hasta más verte en tu propia pupila.




Cuando el Tigre me acompaña, sé bien que estoy solo.





Si no es alguien, el Tigre tampoco nadie. No responde a torpe inquisición o a sutil destreza. No se pone el ropaje lenguaje; no se mueve ni está quieto.


Yo tripa del tigre, viaje agente de la víbora de río allende la luz oblicua.


Hay algo en el Tigre que hace pasar a través de los poros de uno mismo.


De la paciencia del Tigre,
la fulminante calma
del trueno.




Tanta hambre el Tigre tenía

que su sombra mordía.    





La soga del hambre

el tigre mordió.

Salió hacia dentro,

preñó la sombra

y de mi tiempo

me sacó.

Fue por eso

sin embargo

que la espuma

de los ojos

de sus mapas

ondulantes

al poco tiempo

a luz me dio.





Hambre de soga,

mediando el Tigre,

no sé morder.





La música del Tigre, a pesar de lo dicho, es una impostura, una trampa para cazadores de Tigres. Quien dice amar a su Tigre quiere sujetarlo con la artimaña o artero arte de darle triple alimento: la evasión de la necesidad, el consuelo a la intemperie, la almohada que pesa más que cualquier piedra del fondo.


¿Pero quién podría jurar que ha llegado lejos en su intento de fijarlo mediante la rendición de un tributo? ¿Cómo escindir al Tigre? Y, además, ¿qué piel tocar que no derive hacia el Tigre?




Cuando está el Tigre, me acurruco en su manto.


Peregrinos lo tachan con guirnaldas, adoran su excremento, fotografían sus palabras —la santidad del Tigre no se confirma sino en su móvil evaporado.




No representa el Tigre al Tigre. No actúa el Tigre la acción del Tigre.


Y también peregrino, cazador de adioses igual que tú, sé todo esto acerca de la abundancia del Tigre porque hemos cruzado nuestros sueños y se han rozado mi temblor y su caricia.


Pero el Tigre carece de destino. Su rugido que toma la muerte no difere en realidad del abstraído rumor de su metamorfosis.


Hablo del Tigre cuando podría sumergirme en él o en ello.




Digo cosas que al Tigre no le importan porque lo decible no le concierne. Porque no hay cómo hablar del Tigre sin traicionar su ofrenda.




Se da el Tigre cuando la música cesa.


Si en el corazón hay un intruso, es el Tigre que ha vuelto. ¿No seré el intruso de mi centro?, me digo. Entonces abro; dejo que el Tigre trague la vía láctea que conduce a mi sombra.


Cambia, el Tigre, de postura de semilla a lemniscata de eco que se contenta con circular.


Mi piel es el Tigre al que no doy alcance.




El Tigre por dentro está salido.



(De La curva del eco, -1998-, reedición en 2008).

viernes, 26 de julio de 2013

GAMALIEL CHURATA I


V
EL VUELO DE EL PEZ DE ORO

Esta en mí; no en la tumba.
Siento. Vivo.
Flotamos en aire denso, de aceite. El aire nos sustenta y el aceite nos permite respirar. Oxígeno nutritivo alimenta la vejigación bronquial. Pero nó oxígeno del aire; nó del aceite. Recuerdos del aceite de la sangre; pulmonares recuerdos que bombean el corazón. Nos basta: el recuerdo del oxígeno puede ser sino oxígeno.
—Respira, guaguay.
—¡Piupiu-titit!
No aspira, no instila, no respira, no expira. Pero es pira. ¡Padre!
Ya no le veo; que el viento nos arrastra. ¡Padre! ¿Le vi? ¿En el mundo? Qué no pesar pensar. ¿Soy el Todo del mundo y el Mundo está en el Todo? Me palpo impalpable, Soy el Eter que impalpable se palpa. No hay reme. dio: no me sé y soy. Y tanto, que si no en dos, en tres, en cien, en mil, en millón, no soy, Ahora descubro que la mala bestia hace abstracto al granito porque no le sabe en el pálpito impalpable y que su pobre gravosa alma tiene el impalpable pálpito del granito, Comprendo por qué por el bonso reza su máquina; que ni aun rezando el tonso reza por el intonso; por qué el sabio Oso por melómano es melífago; por qué el nelumbo sacro se erizo de risa.
Comprendo; luego, nó aprehendo.

* * *

Nos acribillan microscópicas puñaladas. No importa: soy la parte infinitesimal de una chispa de electricidad con la misma energía aislada que alumbraba mis huesos; y desde un punto magnético del Universo imparto tuerza y concentro energía. Mas El ya me es ido. ¡Padre! Le indago; le husmeo; le rastreo: no está. ¿Es que puede no estar? Nadie puede estar sin estar; si para no estar fue necesario estar; y quien estuvo está; quien estará, está. Y si no está, no fue, ni es; ni será. Si estoy es que soy; sino estoy...
—¡Kiii! ¡kikikiki!ki...
—¡Tú: Naya!
Nos absorve térmico movimiento depurador contenido en cápsula de éter. Dentro ella nos emulsionarán hasta integrar formas de la materia. Estoy en la masa y soy de la masa; es en mi que la masa es masa. Soy ego sólo en el naya. Soy pues el Universo; el Universo es sólo "ego”. Como logro ver donde vi. No viento ni adviento nos aislarán: le vi, le veré; nos vemos y veremos. Si las partes están en Nos, Nos podemos faltar de las partes. ¿Luego?

* * *

Siente, siente, cada vez más. Allí sabrás que eres unidad porqué en ti en todo momento se fragua utilidad. Soy en cuanto son; y son porque soy; y porque somos es posible el sér. Sólo porque me eres útil eres. Si dejaras de serme útil, se hundirla la vida. No estás más en ti que en tu prójimo, No te creas en los providenciales del rebenque: lo que no es masa no existe. La única posibilidad que tiene Dios de existir es que se aposente en mis talones. Cuando eje se es, se es masa. En masa soy organismo; en masa procreo; en masa soy espacio; en masa soy habitud de forma. La unidad es igual masa; y es ella la utilitaria. Así eres la masa útil.
—¡Hijo! ¡Hijo!
—¡Padrepiupiu!
Cuando le engendré me engendraba. No fue mi primera experiencia; no seré su última experiencia. Y si nada puede excluimos de la masa; sin disolver y negar la masa, estará en mí y estaré en El.
En la profundidad está la unidad de la masa.
Más allá de mi mis ojos miran; mi sexo hambrea; la manos contraen y distienden falanges. Que pies tengo ni cabeza. Y que si aquellos trajinan de su cuenta, es porque el libre albedrío es función de la célula; y sólo porque la célula es individuo conciente, la vida coordinación de fuerzas regidas por plan libremente admitido y concientemente regulado. La ley: sólo mande quien, pueda obedecerse: áurea sabiduría la de la célula. Gobierna ley dulce como el amor: la necesidad. La necesidad marcha en todos hacia todos. Eres sólo en tanto eres necesidad.
Siento que me tienen hambre: ojo, pubis, lóbulos, articulaciones, tejidos. Devórolos; y en aquel punto truena el Phuño: me tiene hambre. Devoro su lago, su Kancharani; su Waksapata, su Orko-pata; sus pastizales; sus crepúsculos... Se aquietan; ya me aquieto. Entramos en forma; somos unidad de la masa. A mis pies emerge el Khori-Puma. Me tiene hambre. Centellea; gruñe. Devoro al Khori-Puma: es sólo mi sangre.
Dentro él, e.l trino de El:
—¡Piupiu-titit!
Este carnicero bruto se ha comido el oro del Titikaka; al Príncipe Khori-Challwa...

* * *

—¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo!
Ego: tú-multo. No puede El morir en Mi; si soy El y El es en mí. Si muere, me le como; si muero, me come. Eso tú-multo: .
Tú eres Naya. Masa: Vida.

* * *

Henos en la gota microscópica.
Yo, a ratos, El, en frecuencia, somos arrebatados a estado de langor en que la vitalidad parece adormecerse. Mi deber despertarle y obligarle a salir de mí y del Puma.
En toda célula debe funcionar una matriz; si funciona la vida. La nuestra se agita urgida por el parto.
—¡Le despertaré!
Antes despierte yo; si buena o malamente acaso duerma y sueñe. Algo fragua: ¡Padre! No estoy estando; no vigilio en vigilia; mas le vigilo vígile. ¿Sueño vivo en feto muerto? ¿Feto vivo en sueño muerto? Me disgrega fuga de proximidades.
—¡Hijo! ¡Hijo!
Si espero es que me falto y en algo vengo. Aprisionaré en el punto mi punto; que le
aprisionaré con ras dos manos, y sus diez dedos, y sus diez uñas, y sus diez hambrientas llemas.
—Entraré en El.
—¡Kiii! ¡Kikikikiki!
Las contracciones ovulares más frecuentes. Parto dentro del parto. Siento que sustancia liquida me posee; y poseyéndome nos posee. Le sacudo. .Lo inesperado es lo esperado.
¡Hijopiupiu! ¡Hijopiupiu!
No me turbo. (Formulajo de Renacuajo: "La poza no reposa". "Donde concentración, evulsión”. "El muerto... El muerto... El muerto...

* * *

Qué trabajo, Renacuajo; decir que él muerto no yerto. He aquí que el color de las cosas es la necesidad de calor de las cosas. (Deja tasajo al filósofo Renacuajo: "¿El color sobrenada? Color calor; o nada".) Ciertamente, el color es el rubor frutal. Comienzo de beso el rubor, y ya carga olor a feto. ¿No es con la divina trompa que la novia besa? En mí se ruboriza el infinito; en mí le inka el corazón; en mí sus rubores despiden azulina nubecilla de olores; en mí se dilata su latido peristáltico.
Renacuajo, tu verbajo.
(—Ajo... jo... jo... "A la probeta, pintor genial; a ver nacer genital tu pelea".)
Considerado con saggasé, qué barajo Renacuajo. Ella, tu paleta, tiene una matriz y debe padecer nueve meses. Pues, Padécelos con ella; si ella tu hembra; el calor de tu hembra; tu hijo: tu color. Tienes que darle la sustancia de tu sangre, el substratum de tu hueso. Que si tu hijo nó tu hijastro: y será lo que tú eres. No haya parónimos en tu lechigada. Dos 6óalos no tienen Universo; bien que lo sabes.
Y a entenderás las cosas de mi paleta. Perfumea mi azul cobalto en llamarada cárdena; se difunde en vaporaciones ébano. Y con su patético resuello hace oro al lloro.
—¡Inká! ¡Inká!
Khori- kancha: oro, oro puro, a 40°.
—¡Kiii! I Kiskiskiskiskis!
—¡Piupiu-titit!
El color ha revelado mi calor; y hiervo en aroma aurífero de trinos.
Héme aquí, de pie, en la matriz del infinito, orófilo y en aroma.

* * *

Acá, y en todas partes, como todas las partes están en El, está El. Por tanto, el punto El. En
El acaban linderos y murallas. En El abarcas la monstruosidad sobreestelar o llegas a la
monstruosidad intraestelar del protón. Lo mismo da que oigas o veas; calles y te oigan; caigas
muerto o te levantes nacido. Si eres infinito no tienes más que un sér: Y sér es ser El.
Callo a gritos:
Veo suspiros, resuellos, estertores, vagidos. Oigo el dulce olor de la madre. Ondas sonoras proyectan imágenes: Orko-pata, Kutimpu, Umayu, Tiwanaku. Saboreo lubricidad de embrión en las impaciencias del sonido. Estoy; estoy: adentro. Adentro, El.
—¡Hijo! ¡Hijo!
Oigo sebo; oigo lágrimas; oigo sudor vengador.
Habla la tierra muda. El Sol se arroba con aromas de la mamaja. Mis células se inflaman; tibieza me traspasa; humedad me penetra.
Tiembla El; se esponja; concentra las formas de EL PEZ DE ORO. Irradíole angustia; y hace gorgoritos:
—¡Padle! ¡Padle!
La temperatura se dirige a la medida. Tierra soy. Sólo "yo" es Ella en El. La flor perfuma en mí; el viento ruge en mí; el pantano es germinal en mí. Hace violencia por romper su encierro; y una bombilla: su Voluntad, se enciende.
Lumbrarada solar se dirige a la tierra.

* * *

Cromosomas.
Crecemos. La temperatura de la matriz se eleva.
Oigo el ¡Inká! ¡Inká! De un niño es el ¡ingá! Pero nó niño aún. Es la semilla que persigue diferencias en la masa. Compruebo que hacia El convergen espasmos que no puedo controlar. Le arrumo en el Naya y le amurallo. Rotamos en vértigo.
Renacuajo, tu trabajo:
(—"Haya muesca que habrá naya".)
—¡Kiii! ¡Kikikikiki!
Le bombardean lago, río, montañas, pampa.
Brama el Khori-Puma:
—Hijo, hijo, hijo, hijo, hijo... .
Le bombardea la necesidad: arrobo, lujuria, hambre, sed, alegría, amor. El Pez, ya felino antropomorfo, avanza, desnudo, nuevo en caverna. La noche péinale ébanos el pelo; le bañan torrentes aurorales; el cielo lluévele cascada de diamantes.
Mi germen le punge: ¡dolor!, ¡dolor! Tic, tac, tic, tac...

* * *

He aquí el común bombardeo geminal. Me particulariza con punciones que me arrebolan, fecundan y nutren; me siento prolífico.
Renacuajo, el latinajo.
(—"Mi yema se abre llema; y a la hora que Flora se desflora llema se hará yema".)
Avituallado para el destino, de la llema saldrán árboles.
Le daré la bondad del fruto;
el candor del perfume;
la melífuga del trino;
la unidad molecular de la roca;
el genio de la nube;
el tú-multo del viento;
la genésico del agua;
la gracia sonora del vuelo.
Áurea burbuja, EL PEZ DE ORO, ha insurgido; y es lo mío que esplende.
—¡Kiii! ¡Kikikikikikiss!

* * *

Acomete la tierra.
—¡Guagüítitay!
La caverna en su trino:
—¡Piupiu-titit!
Angústiase la matriz; el corión se contrae y elástica y tardará en romperse. Tela de araña, el saco ciego, se rasga. Borbota, gozozo, el matinal lácteo látex.
Quiero oír el gorjeo inefable:
—¡Inká! ¡Inká!...
O el viejo alarido de la piedra.

* * *

La urna maternal se ha fraccionado y de ella se desprende nubecilla microscópica de astros.
Succiona, amorosa, la tierra.
Le arrastro.
Soy ariete que rompe la capa oscura.
Penetro un mar sin fondo;
penetro un Pelicano sin fondo;
penetro un relincha sin fondo.
Grado a grado le penetro y me penetra.
No puedo escurrir la dentellada de famélicas tenazas; aferran mis neuronas y ordéñanles e! piro-láctea-látex.
—¡Kiii! I Kisklskiskis!
Son larvas de sus Sapos Nenglitos. Caigo sobre ellas con las cuatro manos del antropoide y las arrojo en blancos hectoplasmas a sus arterias.
—¡Kiii! ¡Kiskiskiskiskis!
Volveré al seno de la tierra; pero El será el Emperador del Palacio de Oro.
La velocidad es el peso de la necesidad.



(De El Pez de Oro, 1957)

jueves, 25 de julio de 2013

NÉSTOR PERLONGHER II


SUPERFICIES PAGANAS

Para Geraldo Porto


Forúnculos de paja en la gomosa superficie del surf:
                                                                   deslizamiento:
ondas de argento transmarino encabalgadas en jaeces
de índigo, cuyas correas o meandros
ataban confundían del yerrar las huellas en la arena,
                                                           evanescentes.
                                                                      Su
desquitar
del sucio estambre de la marca,
                                                   sucursales del sol
abría en el negro
                        crujir de las cutículas
                                                           (peli-
canes furiosos disputando
en lo hondo de la huella, incandescentes pizcas del strass,
                                                                              polvillos
flatulentos, haces de mirra entre las cañas líquidas.)
                                                                            Erguías,
en el sublime transparente, los andariveles
                                         de una joya que ríe al irisar
de pegajosa piel ébano chirle.




(De Hule, 1989)

NÉSTOR PERLONGHER I


IX


OPALESCENCIA Y LIVIDEZ DEL RAYO, fumarola de jade en su derrame, arrastraba en su rienda una cohorte de erráticas divinidades. Luz Divina. Potlatch de luz divina en el concurso de las nereidas en las ondas, en las espumas de las orlas. El granulado del recame, en cada glóbulo un soutien, laminado de esquirlas, platinado, un alma granular, haciendo coro o eco en el mareado foco de las espesas traicioneras aguas. Espinas de las almas en las aguas, granuleos del pez por arroyuelos de acrílico nevado, cobra su jade en el jadeo, el doblón del jadeo en el doblaje, la sombra amara de los sueños. O en el revés de la puntilla, a la que los jadeos, por atenuar el retumbor, plegábanse, ¿no habitaba una anguila que, superando el foso, se transformaba en águila? O era el lagarto de las ruinas, por basurales espejados, deslizando su cola centelleante, para yescar en la fricción del fuelle la lisura del jade.



(De Águas aéreas, 1990).

MIGUEL ÁNGEL BUSTOS II


1.

Himalaya boca callada, piedra mentira. Ah, moral de los pájaros: , ilumina ilumina.
Que recuerde, el primer juego-juguete que vino a mí y ya no se irá de mí por nunca fue un cristal; pero qué cristal; algo líquido y duro que no caía por milagro del arco bronce que lo ataba.
Bajo el agua es más que el agua porque está detenido y es móvil. Si toco una llama con mi cristal, soy invierno: el fuego gira y no es su resplandor ya más. Por hábito y piedad cada tanto lo arrojo en las brasas para que devore y llene el Fulgor con su siesta de infierno.

2.

Una vez, hace mil días y hará cien años el cristal, pero sin arco en ese siglo, dio un mensaje: soy Palenque, el pez oculto del Mar Dulce, la espada de quetzal que corta las plumas de hierro, el anhelo del jaguar que comulga cristianos en el corazón del peyote; soy el que ha de venir: el sin dos manos niño del sol antiverbal.
Así dijo y nadie puede negar su santa voluntad de ser vitral, Polifemo; porque en la Noche del Verbo, en su muerte, ¿cómo ser engendro de vislumbres y no torrente de flores malsanas?

3.

En mi Primera Comunión, en el casamiento atroz del moño con ese traje azul, el primero de los tristes uniformes, llevé mi cristal. Colgado de mi cuello lo mecía, alejado caía sobre mis huesos, jugaba con sus infinitas caras, con su enigma: dragón-madre de enigmas. Centrado, perdido, salvado en su punto emisor de lanzas vivas no veía el gris amarillo terrible de las carnes ausentes de cristales de resurrección.
Avancé por la nave, sin mar sin cielo, hasta el altar y comulgué, tomé sí el pan del dios de los cristianos y lo sumé a mi pecho salvaje, antiverbal.
Allí, en la cueva de los átomos divinos, unido al estruendo de los ángeles custodios de su misterio alcé mi Señor, mi cristal.
Aquelarre, la desnuda la inocente que camina sobre campos de fuego, en campos de llamas frías ramas del árbol de la muerte, comulga en su cuerpo.

4.

¿Hasta qué límite, sombra o nada puede ir la palabra que quiere; pero su tejido es selva y su selva tejido de la selva; dar con lengua y signo, la muerte la vida, que es tributo de posesión sin fuga por un cristal semejante?
Articulo mi idioma en el corazón de mi cristal y llevado por su leyenda irradiante rayo los enigmas y los transmuto en cosas. Porque todo es mensaje, comunicación, energía de dos relámpagos que calcinan el Mar de los Ruidos y la Tierra de los Silencios, el espacio devorador entraña del nacimiento.
Para cegar; aunque no lleve a parte clara u oscura creer que lo que es fuego molesto para muchos vaya a excitar su hueso de pájaro o tigre; para hacer de un ciego momentáneo un niño en la noche sin luna saco mi cristal y un milenio de peces de nieve en llamas abren un cielo blanco. Es el amanecer, es la luna que alza el mar, son las ciudades que arden en el sueño. Así dicen y es mi cristal, invisible en su manifestación que los pierde.
Lo llevo colgado de mi cuello y sigo su valle, su río, sus montañas aéreas que en quietud me miran porque ya, ígneo-frío, el cristal es toda la tierra lejana.

5.

El génesis en , el territorio transparente que es la prisión que me salva, el abecedario de cristal que es ignorancia y escuela inocente, apareció como nudo o haz de estrella líquida, aún sin forma. Todo lo observable, en la noche o en el día; creaba un sonido de aguas profundas, un murmullo o lamento de multitud distante. Sin posible lógica una pared, un cuchillo o un vaso estaban sin entenderlos.
Hablo de los fenómenos; quietos en los abismos del sol o de la tierra; que quería poseer, traducir en mi lengua y usarlos según un modo manual que transformara en arco iris violador de cielos a la materia dormida y errante que hallaba.
Si logro descifrar, saber qué es un vaso, recorrer su átomo y su símbolo; señor de leyes que se cumplen siempre; penetraré la materia, la coherencia manifestada. No llevaba el cristal sobre mi pecho en ese día de sospecha. No lo llevaba, no era mío en aquel tiempo.
Visité, por primera vez, el Jardín Zoológico de la mano de mi madre y ella buscó mi asombro. Veía, pero no podía leer el caos de cuerpos y gritos que saltaba en forma de locura. Murmuré, y ya no era aquel que estaba de su mano: la voz salía de las jaulas, murmuré ahogado: sólo siento en mí el vuelo de los pájaros en lucha inmemorial con la luz, pues quieren huir de la tierra y el devorador llamado del tigre analogía del Sol.
Dije y frente a la jaula del Señor, a su Casa de Miedo me diste el cristal, mi juego de pureza y te vi triste siempre.

6.

No, yo no voy en este cuerpo que me lleva, ni toco en el agua un elemento que fluye y se estanca hasta morir. A quien ves, cuando me miras, es aquel rostro que te doy por miedo de jamás ver tu calavera que finge ojos verdes, húmedos lentos sobre tu boca que recita letanías entre incienso y campanas que están en mí. Oigo tu voz idéntica en vos, ajena a mi memoria que te quiere inmóvil. Si me siguieras, si llegaras a mi cristal. En su casa de Fulgores, ¿quién podría decir: yo, me siento el yo de mi rostro para vos? Estaría en vos y hablaría a aquel mi cuerpo que cree poseerme. Terrible si alguna de tus almas, huyendo de la eternidad que nos persigue en la infinita repetición, no siente la ausencia, la ausencia del viento y el sonido caer en cuerpos imaginarios, muertos y errantes en la noche inmortal.
Si alguien me preguntara qué soy; porque ciertas sombras marean; le diría: no soy todo, ni nada, ni algo. Con mi cristal soy el planeta que te lleva por mares a tierras de oro y rapiña y el horizonte te lo doy yo.



(De El Himalaya o la moral de los pájaros, 1970)

MIGUEL ÁNGEL BUSTOS I



ARCHIPIÉLAGO DEL TEMBLOR

Sube el mar sala las arenas incendia las hierbas con soles caídos en sus aguas.
Yo quiero habitar una tierra que tiemble como un pulmón de niño. Que lance frutos hacia los cielos cruzados por pájaros de vidrio en sangre y plumas.
Cuando muevo la lengua buscando palabras como uvas bebo su alcohol que invade mis venas como un beso de labios vacíos. Oh mis palabras mis niñas.
Vayamos al Archipiélago Santo del Temblor, a sus piedras sus mármoles helados que rayan ríos violetas contra selvas negras como coágulos.
Oye la luna abrir el cielo de mercurio.
Mira las estrellas los verbos incendiados como hablan dan a boca la nueva lengua del millón de letras de pocas letras. A sus espaldas quiebran columnas de Galaxias, cristales habitados que esperan una lengua para nacer In Gloriam.
Corta el aire un puñal de verbos mi lengua es su niña. Bajo el aceite alucinado del mar mi boca devora peces espesas catedrales parlantes.
Yo sé tu cifra, tu cifra oculta abismo de los cielos.
Mi palabra-vientre de la profecía, estamos en las Islas Verbales. Cuando sea la noche, la noche libre del verbo futuro, detenidos en el abrazo con una mano apenas en tu cuerpo soportemos el alarido que hiende el Universo. Demos nuestras bocas templos azules atravesados por claros.
En la cruz el idioma espera la lanza que hiera su costado visionario.




(De Visión de los hijos del mal, 1967)

VIEL TEMPERLEY II



El verde claro

Entre el faro y la espuma y los peñascos verdes
     una de las mujeres nos enseñó más todavía:
Nos enseñó que los viejos elefantes marinos
que tienen que apartarse de las hembras
     Frotan sus penes contra los pequeños
     elefantes marinos
sujetándolos con una aleta

    Yo le conté otra historia:
Hace muy poco conocí a un nuevo monje de clausura
     que escribe himnos para los oficios
     Pero no solo escribe letra y música
También los firma y además los canta
     con buena voz
tocando bien y solo la guitarra

Pero así no vamos a ninguna parte!
Soñé con algo más cercano más posible:
El otro y yo somos dos bolsas de color verde claro
     unidas por un cordón umbilical
y de nuestras sombras de color verde claro
     Huyen los tiburones
mientras nos hundimos en el mar verde claro
     en el aliento
Verde claro del mar cerca del África

Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos
     hacia la costa lentamente
y que de nuestras sombras huían los tiburones
Porque habíamos caído de una goleta virgen
     Y que el verde claro
Era tal vez aquella frase dada vuelta
     “Si me enseñaras qué es el verde claro…”
Era ese vientre blanco de goleta
      que sin dolor y sin descomponerse
      Se había dado vuelta
para dejarnos caer cerca del África

      Y el viento nos drogaba
Y no íbamos a ninguna parte
      Yo pensaba en el monje
      que cree que es poeta
y cree que está en la punta de todas las penínsulas
      cuidando el fuego del silencio
      mientras canta
Y ya que no podemos hacer la verdad que hace falta
     “Que grite la goleta virgen
       y que nadie maneje la materia” pedimos

Afuera vi caer el guante de su mano
       y lo miré sobre la arena:
        la cabritilla nueva
Los cordones como cordones umbilicales
El pulgar como un elefante marino recién nacido
        Junto al cuerpo abultado de una hembra
Entre el faro y la espuma y los peñascos verdes
        y le dije:

Mira en silencio el fuego un monje vanidoso
        y hace frío en la ruta
        por donde pasa el ómnibus
Pero siempre los viejos elefantes marinos
        frotan sus penes contra los pequeños
        elefantes marinos
Y un guante de boxeo cae sobre una península…



(De Legión Extranjera, 1978)