¿Cómo llamar a un tigre?
Tigre, tigre que relumbras
en lo oscuro de la noche
¿qué
mano inmortal qué ojo
forjó tu aterradora simetría?
William
Blake, trad. por Salvador Elizondo
El Tigre atrae la suerte de mi
ensueño. Fuente la más última, surte un efecto de quimera infantil por su
quemante desmemoria. Pero nítidamente lo recuerdo, o tal vez todavía lo
presencio: sus ocelos son islas de infinito lodo que se deshace ante el propio
perplejo al tiempo que oscila, lleno de árboles.
Es femenino pero no es ella, es
masculino pero no es él. Nada de esfinge. Es una gota por la que cruza el
arcoiris, el Tigre. ¿Hasta cuándo no sucumbir de una vez y para siempre ante el
destello sin porvenir de su zarpazo? Entraña el fuego, pero al correr tras su
presa levita sobre las aguas, disuelve la gravedad, come también de su
movimiento.
Tiene riberas en las que se
acuestan raíces de grey inestable, cadenciosos enlaces y desenlaces estelares.
En la piel del Tigre acontece lo
mismo que en su entraña.
Uno será pulga eterna para su
lomo de luz de Bengala. Absoluta benevolencia la del ecuánime: agudo y grave,
podría arrancarme de un soplo sin chistar siquiera de mí mismo. Tanto como del
charco irisado un zancudo hembra despega su desliz.
En las tripas del Tigre mora mi
tribu.
El hálito del Tigre abarca muchas
aldeas, a veces caseríos, maquetas fantasmas, letreros que portan ideogramas de
corrientes de aire, casas flotantes, buques areneros que se detienen en la
noche cultivando una pequeña huerta de luces. Pero en las flechas de agua pasa
ardiendo la calma del Tigre.
No se cuenta entre los números ni
se discierne al contrastarse las letras. No conoce la risa ni frecuenta forma
alguna de cansancio. Detrás de la máscara hiriente, la máscara de fuerza, el
Tigre sabe bien que no ha nacido.
Su aura dispersa esquirlas de lo inmóvil.
¿Nacerá alguna vez el Tigre?
Remolinos del Ocelado
muerden como ojos.
Si se sacude, puede sentírselo
recorrido por súbitos estreme-cimientos venados.
Encendido como un radar de ameba
enmascara al dios en sus párpados múltiples.
Nunca coincide con su jaula.
No lo conozco despierto o
dormido, vigilante y de pie o entregado a esa laguna en la que sueña conmigo.
Nadie me conoce y yo no conozco a
nadie. Trepo por el lomo del Tigre, aunque nunca sé cuándo. No sé por qué, pero
cada vez que lo miro ya me he vuelto implicíto suyo.
El Tigre me ha devorado —no una:
mil veces. Ondula pero no cuando el ojo se lo exige; jamás satisface una
curiosidad. Jamás espejea y sin embargo me ha cautivado desde que, al darme la
noticia de mi muerte, me eligió como su excéntrica mascota.
A veces me saca a pasear por las
avenidas de agua, o me vende al mejor postor de entre todas las apuestas del
hervidero. Me sumerge en el barro y me empapa de polen, me incuba y me desteta
a la vez; yo soy su recién nacido.
¿Adónde estará ahora la muerte
—ahora que la muerte ha sabido del Tigre? Quisiera, como el Tigre, aprender a
flotar en la revuelta sin rostro de su ceguera piadosa.
Al quedarse sin sombra, el Tigre
se parió a sí mismo. De su hálito manaron las cacerías o la búsqueda de la
perpetuidad en la saciedad— y las pinturas —o la práctica del hambre de la
mano.
Al desmoronar toda sombra, toqué
la soledad incólume del Tigre.
Es tan claro el Tigre que su seno
alberga al noctívago destino. Sus largos filamentos alumbran la presencia
consumada en recorrerlos, como a pasadizos finísimos hacia el fermento que
renace. Y tan oscuro, sin embargo.
Al interior del Tigre, afloran
con docilidad tanto la gran laguna que precede al nacimiento cuanto la
transmáscara, reflejojaguar de lo intacto que ahora viene.
Le doy la forma pero no la
pierdo. Sólo el Tigre brilla de verdad; sólo él disipa el sobresalto de la
felicidad o el candado de la pena.
Se hace intratable al retratarlo.
Me lo advierte, y suelto la esfera de cristal que cae hacia arriba. Esto lo sé
porque al mostrarme el filo directo de su fuerza, también ha suspirado.
Caigo todavía en el esófago del
Tigre. Hablo todavía desde la cámara oculta de su corazón. Sueño que me
envuelve con sus cambiantes brazos, brazos de un Shiva pulpo multiplicador.
Cuando dejo de hablar en sueños,
estoy en el Tigre.
Cuando dejo de soñar, estoy en el
Tigre.
Cuando hablo con los muertos
estoy en el Tigre.
Cuando tengo que correr (y en mi
mayor velocidad se explicita mi exacta pesantez) para no quedar capturado.
Cuando los árboles de la luna
navegan mi pecho.
Cuando me olvido, cuando me he
sentado a masticar un icono.
Cuando, rendido, no me disuelvo,
soy el Tigre.
Cuando mascullo y agito la bruma,
soy el Tigre.
Pero no es verdad: nunca estoy en
el Tigre ni puedo ser el Tigre.
No tengo manera de estar en el
Tigre que soy.
No tengo Tigre en la mano.
No cuajo Tigre en la pregunta.
No cuento Tigres para dormir o
para despertar.
Si construyo un ornamento, se
descascara con una sola de sus voces.
Me ato al mástil pero el Tigre no
aparece.
El Tigre no tiene aspecto de
Tigre, ni un aspecto en absoluto. El Tigre se parece a lo que no encuentra
adónde reflejarse.
Si me dibujo en el ensueño es
porque el Tigre se tiende orilla sobre mí.
Soy su colmillo y su presagio, me
digo, de pronto a medias en la cama revuelta como un estanque que en su no
estar alterado se presiente: soy su invitado y su festín.
El Tigre no se apiada, en fin,
porque posea alguna clase de piedad, ni porque consienta al capricho de
inmortalidad momentánea que nos asiste. No sabe de intenciones y por eso te
vomita desde el nombre hasta más verte en tu propia pupila.
Cuando el Tigre me acompaña, sé
bien que estoy solo.
Si no es alguien, el Tigre
tampoco nadie. No responde a torpe inquisición o a sutil destreza. No se pone
el ropaje lenguaje; no se mueve ni está quieto.
Yo tripa del tigre, viaje agente
de la víbora de río allende la luz oblicua.
Hay algo en el Tigre que hace
pasar a través de los poros de uno mismo.
De la paciencia del Tigre,
la fulminante calma
del trueno.
Tanta hambre el Tigre tenía
que su sombra mordía.
La soga del hambre
el tigre mordió.
Salió hacia dentro,
preñó la sombra
y de mi tiempo
me sacó.
Fue por eso
sin embargo
que la espuma
de los ojos
de sus mapas
ondulantes
al poco tiempo
a luz me dio.
Hambre de soga,
mediando el Tigre,
no sé morder.
La música del Tigre, a pesar de
lo dicho, es una impostura, una trampa para cazadores de Tigres. Quien dice
amar a su Tigre quiere sujetarlo con la artimaña o artero arte de darle triple
alimento: la evasión de la necesidad, el consuelo a la intemperie, la almohada
que pesa más que cualquier piedra del fondo.
¿Pero quién podría jurar que ha
llegado lejos en su intento de fijarlo mediante la rendición de un tributo?
¿Cómo escindir al Tigre? Y, además, ¿qué piel tocar que no derive hacia el
Tigre?
Cuando está el Tigre, me acurruco
en su manto.
Peregrinos lo tachan con
guirnaldas, adoran su excremento, fotografían sus palabras —la santidad del
Tigre no se confirma sino en su móvil evaporado.
No representa el Tigre al Tigre.
No actúa el Tigre la acción del Tigre.
Y también peregrino, cazador de
adioses igual que tú, sé todo esto acerca de la abundancia del Tigre porque
hemos cruzado nuestros sueños y se han rozado mi temblor y su caricia.
Pero el Tigre carece de destino.
Su rugido que toma la muerte no difere en realidad del abstraído rumor de su
metamorfosis.
Hablo del Tigre cuando podría
sumergirme en él o en ello.
Digo cosas que al Tigre no le
importan porque lo decible no le concierne. Porque no hay cómo hablar del Tigre
sin traicionar su ofrenda.
Se da el Tigre cuando la música
cesa.
Si en el corazón hay un intruso,
es el Tigre que ha vuelto. ¿No seré el intruso de mi centro?, me digo. Entonces
abro; dejo que el Tigre trague la vía láctea que conduce a mi sombra.
Cambia, el Tigre, de postura de
semilla a lemniscata de eco que se contenta con circular.
Mi piel es el Tigre al que no doy
alcance.
El Tigre por dentro está salido.
(De La curva del eco, -1998-, reedición en 2008).
(De La curva del eco, -1998-, reedición en 2008).
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