jueves, 25 de julio de 2013

MIGUEL ÁNGEL BUSTOS II


1.

Himalaya boca callada, piedra mentira. Ah, moral de los pájaros: , ilumina ilumina.
Que recuerde, el primer juego-juguete que vino a mí y ya no se irá de mí por nunca fue un cristal; pero qué cristal; algo líquido y duro que no caía por milagro del arco bronce que lo ataba.
Bajo el agua es más que el agua porque está detenido y es móvil. Si toco una llama con mi cristal, soy invierno: el fuego gira y no es su resplandor ya más. Por hábito y piedad cada tanto lo arrojo en las brasas para que devore y llene el Fulgor con su siesta de infierno.

2.

Una vez, hace mil días y hará cien años el cristal, pero sin arco en ese siglo, dio un mensaje: soy Palenque, el pez oculto del Mar Dulce, la espada de quetzal que corta las plumas de hierro, el anhelo del jaguar que comulga cristianos en el corazón del peyote; soy el que ha de venir: el sin dos manos niño del sol antiverbal.
Así dijo y nadie puede negar su santa voluntad de ser vitral, Polifemo; porque en la Noche del Verbo, en su muerte, ¿cómo ser engendro de vislumbres y no torrente de flores malsanas?

3.

En mi Primera Comunión, en el casamiento atroz del moño con ese traje azul, el primero de los tristes uniformes, llevé mi cristal. Colgado de mi cuello lo mecía, alejado caía sobre mis huesos, jugaba con sus infinitas caras, con su enigma: dragón-madre de enigmas. Centrado, perdido, salvado en su punto emisor de lanzas vivas no veía el gris amarillo terrible de las carnes ausentes de cristales de resurrección.
Avancé por la nave, sin mar sin cielo, hasta el altar y comulgué, tomé sí el pan del dios de los cristianos y lo sumé a mi pecho salvaje, antiverbal.
Allí, en la cueva de los átomos divinos, unido al estruendo de los ángeles custodios de su misterio alcé mi Señor, mi cristal.
Aquelarre, la desnuda la inocente que camina sobre campos de fuego, en campos de llamas frías ramas del árbol de la muerte, comulga en su cuerpo.

4.

¿Hasta qué límite, sombra o nada puede ir la palabra que quiere; pero su tejido es selva y su selva tejido de la selva; dar con lengua y signo, la muerte la vida, que es tributo de posesión sin fuga por un cristal semejante?
Articulo mi idioma en el corazón de mi cristal y llevado por su leyenda irradiante rayo los enigmas y los transmuto en cosas. Porque todo es mensaje, comunicación, energía de dos relámpagos que calcinan el Mar de los Ruidos y la Tierra de los Silencios, el espacio devorador entraña del nacimiento.
Para cegar; aunque no lleve a parte clara u oscura creer que lo que es fuego molesto para muchos vaya a excitar su hueso de pájaro o tigre; para hacer de un ciego momentáneo un niño en la noche sin luna saco mi cristal y un milenio de peces de nieve en llamas abren un cielo blanco. Es el amanecer, es la luna que alza el mar, son las ciudades que arden en el sueño. Así dicen y es mi cristal, invisible en su manifestación que los pierde.
Lo llevo colgado de mi cuello y sigo su valle, su río, sus montañas aéreas que en quietud me miran porque ya, ígneo-frío, el cristal es toda la tierra lejana.

5.

El génesis en , el territorio transparente que es la prisión que me salva, el abecedario de cristal que es ignorancia y escuela inocente, apareció como nudo o haz de estrella líquida, aún sin forma. Todo lo observable, en la noche o en el día; creaba un sonido de aguas profundas, un murmullo o lamento de multitud distante. Sin posible lógica una pared, un cuchillo o un vaso estaban sin entenderlos.
Hablo de los fenómenos; quietos en los abismos del sol o de la tierra; que quería poseer, traducir en mi lengua y usarlos según un modo manual que transformara en arco iris violador de cielos a la materia dormida y errante que hallaba.
Si logro descifrar, saber qué es un vaso, recorrer su átomo y su símbolo; señor de leyes que se cumplen siempre; penetraré la materia, la coherencia manifestada. No llevaba el cristal sobre mi pecho en ese día de sospecha. No lo llevaba, no era mío en aquel tiempo.
Visité, por primera vez, el Jardín Zoológico de la mano de mi madre y ella buscó mi asombro. Veía, pero no podía leer el caos de cuerpos y gritos que saltaba en forma de locura. Murmuré, y ya no era aquel que estaba de su mano: la voz salía de las jaulas, murmuré ahogado: sólo siento en mí el vuelo de los pájaros en lucha inmemorial con la luz, pues quieren huir de la tierra y el devorador llamado del tigre analogía del Sol.
Dije y frente a la jaula del Señor, a su Casa de Miedo me diste el cristal, mi juego de pureza y te vi triste siempre.

6.

No, yo no voy en este cuerpo que me lleva, ni toco en el agua un elemento que fluye y se estanca hasta morir. A quien ves, cuando me miras, es aquel rostro que te doy por miedo de jamás ver tu calavera que finge ojos verdes, húmedos lentos sobre tu boca que recita letanías entre incienso y campanas que están en mí. Oigo tu voz idéntica en vos, ajena a mi memoria que te quiere inmóvil. Si me siguieras, si llegaras a mi cristal. En su casa de Fulgores, ¿quién podría decir: yo, me siento el yo de mi rostro para vos? Estaría en vos y hablaría a aquel mi cuerpo que cree poseerme. Terrible si alguna de tus almas, huyendo de la eternidad que nos persigue en la infinita repetición, no siente la ausencia, la ausencia del viento y el sonido caer en cuerpos imaginarios, muertos y errantes en la noche inmortal.
Si alguien me preguntara qué soy; porque ciertas sombras marean; le diría: no soy todo, ni nada, ni algo. Con mi cristal soy el planeta que te lleva por mares a tierras de oro y rapiña y el horizonte te lo doy yo.



(De El Himalaya o la moral de los pájaros, 1970)

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