1.
Himalaya boca
callada, piedra mentira. Ah, moral de los pájaros: sí, ilumina ilumina.
Que recuerde,
el primer juego-juguete que vino a mí y ya no se irá de mí por nunca fue un
cristal; pero qué cristal; algo líquido y duro que no caía por milagro del arco
bronce que lo ataba.
Bajo el agua es
más que el agua porque está detenido y es móvil. Si toco una llama con mi
cristal, soy invierno: el fuego gira y no
es su resplandor ya más. Por hábito y piedad cada tanto lo arrojo en las brasas
para que devore y llene el Fulgor con su siesta de infierno.
2.
Una vez, hace
mil días y hará cien años el cristal, pero sin arco en ese siglo, dio un
mensaje: soy Palenque, el pez oculto del Mar Dulce, la espada de quetzal que
corta las plumas de hierro, el anhelo del jaguar que comulga cristianos en el
corazón del peyote; soy el que ha de venir: el sin dos manos niño del sol
antiverbal.
Así dijo y
nadie puede negar su santa voluntad de ser vitral, Polifemo; porque en la Noche
del Verbo, en su muerte, ¿cómo ser engendro de vislumbres y no torrente de
flores malsanas?
3.
En mi Primera
Comunión, en el casamiento atroz del moño con ese traje azul, el primero de los
tristes uniformes, llevé mi cristal. Colgado de mi cuello lo mecía, alejado
caía sobre mis huesos, jugaba con sus infinitas caras, con su enigma:
dragón-madre de enigmas. Centrado, perdido, salvado en su punto emisor de
lanzas vivas no veía el gris amarillo terrible de las carnes ausentes de
cristales de resurrección.
Avancé por la
nave, sin mar sin cielo, hasta el altar y comulgué, tomé sí el pan del dios de
los cristianos y lo sumé a mi pecho salvaje, antiverbal.
Allí, en la
cueva de los átomos divinos, unido al estruendo de los ángeles custodios de su
misterio alcé mi Señor, mi cristal.
Aquelarre, la
desnuda la inocente que camina sobre campos de fuego, en campos de llamas frías
ramas del árbol de la muerte, comulga en su cuerpo.
4.
¿Hasta qué
límite, sombra o nada puede ir la palabra que quiere; pero su tejido es selva y
su selva tejido de la selva; dar con lengua y signo, la muerte la vida, que es
tributo de posesión sin fuga por un
cristal semejante?
Articulo mi
idioma en el corazón de mi cristal y llevado por su leyenda irradiante rayo los
enigmas y los transmuto en cosas. Porque todo es mensaje, comunicación, energía
de dos relámpagos que calcinan el Mar de los Ruidos y la Tierra de los
Silencios, el espacio devorador entraña del nacimiento.
Para cegar;
aunque no lleve a parte clara u oscura creer que lo que es fuego molesto para
muchos vaya a excitar su hueso de pájaro o tigre; para hacer de un ciego
momentáneo un niño en la noche sin luna saco mi cristal y un milenio de peces
de nieve en llamas abren un cielo blanco. Es el amanecer, es la luna que alza
el mar, son las ciudades que arden en el sueño. Así dicen y es mi cristal,
invisible en su manifestación que los pierde.
Lo llevo
colgado de mi cuello y sigo su valle, su río, sus montañas aéreas que en
quietud me miran porque ya, ígneo-frío, el cristal es toda la tierra lejana.
5.
El génesis en mí, el territorio transparente que es la
prisión que me salva, el abecedario de cristal que es ignorancia y escuela
inocente, apareció como nudo o haz de estrella líquida, aún sin forma. Todo lo
observable, en la noche o en el día; creaba un sonido de aguas profundas, un
murmullo o lamento de multitud distante. Sin posible lógica una pared, un
cuchillo o un vaso estaban sin
entenderlos.
Hablo de los
fenómenos; quietos en los abismos del sol o de la tierra; que quería poseer,
traducir en mi lengua y usarlos según un modo
manual que transformara en arco iris violador de cielos a la materia
dormida y errante que hallaba.
Si logro descifrar, saber qué es un vaso,
recorrer su átomo y su símbolo; señor de leyes que se cumplen siempre;
penetraré la materia, la coherencia
manifestada. No llevaba el cristal sobre mi pecho en ese día de sospecha.
No lo llevaba, no era mío en aquel tiempo.
Visité, por
primera vez, el Jardín Zoológico de la mano de mi madre y ella buscó mi
asombro. Veía, pero no podía leer el caos de cuerpos y gritos que saltaba en
forma de locura. Murmuré, y ya no era aquel que estaba de su mano: la voz salía de las jaulas, murmuré ahogado: sólo siento en mí el vuelo de los
pájaros en lucha inmemorial con la luz, pues quieren huir de la tierra y el
devorador llamado del tigre analogía del Sol.
Dije y frente a la jaula del Señor, a su Casa de
Miedo me diste el cristal, mi juego de pureza y te vi triste siempre.
6.
No, yo no voy
en este cuerpo que me lleva, ni toco en el agua un elemento que fluye y se
estanca hasta morir. A quien ves, cuando me miras, es aquel rostro que te doy
por miedo de jamás ver tu calavera que finge ojos verdes, húmedos lentos sobre
tu boca que recita letanías entre incienso y campanas que están en mí. Oigo tu
voz idéntica en vos, ajena a mi memoria que te quiere inmóvil. Si me siguieras,
si llegaras a mi cristal. En su casa de Fulgores, ¿quién podría decir: yo, me
siento el yo de mi rostro para vos? Estaría en vos y hablaría a aquel mi cuerpo
que cree poseerme. Terrible si alguna de tus almas, huyendo de la eternidad que
nos persigue en la infinita repetición, no siente la ausencia, la ausencia del viento y el sonido caer en cuerpos imaginarios, muertos y errantes en la noche
inmortal.
Si alguien me
preguntara qué soy; porque ciertas
sombras marean; le diría: no soy todo, ni nada, ni algo. Con mi cristal soy el
planeta que te lleva por mares a tierras de oro y rapiña y el horizonte te lo
doy yo.
(De El Himalaya o la moral de los pájaros, 1970)
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